¿Qué harían hoy Duarte y los Trinitarios?
Cada 27 de febrero celebramos la Independencia Nacional, pero más allá de los actos y los discursos oficiales, conviene hacernos una pregunta incómoda y necesaria: ¿qué harían hoy Duarte y los Trinitarios si vivieran en la República Dominicana actual? No es un ejercicio romántico ni simbólico; es un examen de conciencia colectiva.
Si Juan Pablo Duarte caminara hoy por nuestras calles, no estaría interesado en estatuas ni homenajes. Duarte fue, ante todo, un hombre de principios. La sociedad que fundó en 1838, La Trinitaria, no nació para ganar elecciones ni para repartir cargos, sino para formar ciudadanos comprometidos con una idea clara: una República libre, soberana y sustentada en la ley. Por eso, lo primero que probablemente exigiría sería coherencia entre lo que proclamamos y lo que practicamos.
Duarte entendía la independencia como algo más profundo que la expulsión de un poder extranjero. Para él, la verdadera libertad implicaba instituciones fuertes, separación de poderes y respeto absoluto a la Constitución. En el contexto actual, eso significaría defender con firmeza la independencia del Ministerio Público, la transparencia en el uso de los recursos públicos y el fin de cualquier forma de captura del Estado por intereses particulares. La soberanía no se pierde solo con invasiones; también se debilita cuando la ley se aplica según conveniencia.
Si pensamos en Francisco del Rosario Sánchez y en Matías Ramón Mella, recordamos que no fueron hombres de palabras vacías. Arriesgaron su vida por una convicción. La independencia no fue una consigna, fue un sacrificio. En el presente, ese espíritu se traduciría en una exigencia clara de virtud pública, en funcionarios que asuman responsabilidades reales y en una ciudadanía que no tolere la impunidad como algo normal. Sin ética, no hay República; sin carácter, no hay nación duradera.
Es probable que Duarte no comenzara por fundar un partido político, sino por formar conciencia. La Trinitaria fue primero una escuela de pensamiento y disciplina antes que un movimiento de acción. Hoy, eso significaría invertir en educación cívica, en formación constitucional, en cultura de responsabilidad. Porque sin ciudadanos informados y comprometidos, cualquier proyecto termina atrapado en el mismo sistema que pretende transformar.
También combatirían sin titubeos el clientelismo, esa práctica que convierte derechos en favores y ciudadanos en dependientes. La República que soñó Duarte era una comunidad de hombres y mujeres libres, no una estructura de intercambios políticos donde el voto se negocia por beneficios temporales. La dignidad del ciudadano sería una bandera central.
Y algo más: exigirían orden y cumplimiento de la ley. La libertad que defendieron no era desorden ni anarquía; era libertad dentro de un marco jurídico claro. Una sociedad donde las normas no se respetan termina debilitando su propia democracia. Para Duarte, la ley debía aplicarse con igualdad, sin privilegios ni excepciones.
El verdadero homenaje este 27 de febrero no consiste solo en banderas y discursos, sino en preguntarnos si estamos dispuestos a reconstruir la ética republicana. Duarte y los Trinitarios no esperaron condiciones perfectas para actuar; asumieron responsabilidad en un momento de incertidumbre y riesgo.
La pregunta final no es histórica, es presente: ¿estamos nosotros dispuestos a defender la República con el mismo compromiso con que ellos la fundaron?










