Más presupuesto cada año, los mismos problemas de siempre
Cada año vuelve la misma historia.
Que hay que hacer una reforma fiscal.
Que los impuestos deben subir.
Que el Estado necesita más.
Y uno no puede evitar preguntarse, con toda razón:
¿cómo es posible que cada año el presupuesto sea más grande y, aun así, nunca alcance?
Las familias saben que cuando el dinero no rinde, hay que revisar gastos. Se recorta lo que no es urgente, se ajusta, se prioriza. Pero con el Estado parece que eso no aplica. Cuando el presupuesto falla, la solución siempre es la misma: pedirle más al ciudadano.
Mientras tanto, el gasto público crece casi por inercia. Se crean programas que nadie evalúa, oficinas que se superponen, instituciones que existen más por costumbre que por resultados. Y el ciudadano, que paga, no ve mejoras reales en su día a día: ni en la salud, ni en la educación, ni en la seguridad.
Ahí es donde nace el malestar.
No porque la gente no quiera contribuir, sino porque siente que su esfuerzo no se respeta.
Subir impuestos sin ordenar el gasto es como llenar un tanque con una fuga. El problema no es la cantidad de agua, es el hueco. Y mientras nadie lo tapa, el sacrificio recae siempre sobre los mismos: el trabajador formal, el pequeño negocio, el emprendedor que lucha por mantenerse a flote.
Al mismo tiempo, el Estado sigue creciendo y creciendo. Más oficinas, más nóminas, más estructuras. Pero un Estado más grande no ha significado un Estado más eficiente. Y lo más doloroso es que, junto con ese crecimiento, también ha crecido la dependencia.
Cada vez más personas viven pendientes de un subsidio. No porque no quieran salir adelante, sino porque el sistema no les da herramientas reales para hacerlo. Un subsidio que no abre una puerta se convierte en un techo bajo. No libera, limita.
Un país no progresa cuando su gente depende del Estado para sobrevivir. Progresa cuando el Estado crea condiciones para que la gente pueda valerse por sí misma.
Empezar por lo que sí está en nuestras manos
Antes de hablar de nuevos impuestos, el Estado debería hacer algo mucho más sencillo y mucho más justo: ordenarse.
Preguntarse con honestidad:
¿qué funciona y qué no?
¿qué aporta valor y qué solo consume recursos?
¿qué puede mejorar y qué debe cerrarse?
Desde el MIRA República creemos que el camino es claro:
-
Un presupuesto equilibrado, como el que cualquier familia responsable intenta mantener.
-
Menos gasto innecesario y más eficiencia.
-
Subsidios que ayuden a salir adelante, no a quedarse atrapado.
-
Un Estado más simple, menos burocrático y más cercano.
-
Reglas claras para que el país no gaste más de lo que puede sostener.
No se trata de que el Estado desaparezca.
Se trata de que funcione.
Porque cuando el Estado se administra bien, no necesita asfixiar al ciudadano.
Y cuando el ciudadano siente que su esfuerzo vale la pena, la República se fortalece.
Ese es el país que queremos construir.
Uno donde el dinero público se cuide como lo que es: el esfuerzo de todos.










