Anarquía sobre ruedas: el tránsito dominicano como espejo de la impunidad

Spread the love

 

El tránsito en la República Dominicana ha dejado de ser un problema de movilidad para convertirse en un problema de convivencia, de seguridad y, en muchos casos, de vida o muerte. Y dentro de ese caos cotidiano, las motocicletas ocupan un lugar central: no por su mera presencia, sino por el patrón sistemático de irrespeto a las leyes de tránsito y a las normas más básicas de coexistencia urbana.

Conducir en vía contraria, subir a las aceras, ignorar semáforos, invadir pasos peatonales, circular sin casco, sin luces, sin placas o con varias personas a bordo ya no son excepciones: son comportamientos normalizados. El problema no es solo la infracción, sino la sensación de impunidad que la acompaña. En demasiadas calles del país, las reglas parecen opcionales y el peatón es el último eslabón de la cadena.

La acera dejó de ser un espacio seguro

La acera, concebida como refugio del peatón, ha sido colonizada por motocicletas que la usan como atajo, carril alterno o estacionamiento improvisado. Caminar se ha convertido en un acto de alerta permanente: mirar a ambos lados ya no basta, porque el peligro puede venir desde atrás, desde un callejón o desde la misma acera.

Este fenómeno no es solo ilegal; es profundamente antisocial. Invadir la acera es negar el derecho del otro a transitar con dignidad y seguridad, especialmente a niños, adultos mayores y personas con discapacidad. Es la negación del espacio público como bien común.

La vía contraria como norma

Circular en sentido contrario se ha vuelto una práctica cotidiana para miles de motociclistas. Se hace por “ahorrar tiempo”, por evitar un giro, por conveniencia personal. El resultado es un aumento constante del riesgo de colisiones frontales, maniobras bruscas y accidentes que terminan cobrando vidas, muchas veces de terceros que sí respetaban las normas.

Aquí no hay error técnico ni desconocimiento: hay una cultura de atajo permanente, donde la prisa individual se impone sobre la seguridad colectiva.

El peatón: invisible y vulnerable

En este ecosistema caótico, el peatón es tratado como un estorbo. Cruces ignorados, pasos de cebra decorativos, semáforos peatonales irrelevantes. El mensaje implícito es claro: quien va a pie no importa. Esta lógica es incompatible con cualquier idea de ciudad moderna, humana y funcional.

Un país que no protege al peatón es un país que acepta la violencia cotidiana como parte de su normalidad.

No es solo un problema de motocicletas

Sería cómodo culpar únicamente al motociclista, pero el problema es estructural. Hay débil fiscalización, aplicación selectiva de la ley, sanciones inconsistentes y una ausencia casi total de educación vial efectiva. Cuando la infracción no tiene consecuencias, se convierte en costumbre. Y cuando la costumbre se generaliza, se transforma en cultura.

El resultado es un tránsito gobernado por la ley del más audaz, no por el Estado de derecho.

Ordenar el tránsito es ordenar la sociedad

El caos vial no es un fenómeno aislado: es un reflejo de cómo entendemos la autoridad, la responsabilidad individual y el respeto al otro. No puede haber convivencia democrática en las calles si no hay reglas claras y cumplimiento real.

Recuperar el orden en el tránsito dominicano implica decisiones impopulares pero necesarias: fiscalización constante, sanciones reales, retiro de circulación a reincidentes, educación vial desde la escuela y una defensa firme del peatón como prioridad absoluta.

Mientras manejar en contravía, subirse a la acera y violar la ley siga siendo “normal”, el desastre continuará. El tránsito no se arregla con discursos ni campañas esporádicas, sino con autoridad legítima, coherente y sostenida. Porque el caos vial no solo mata tiempo: mata personas.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *